ESTAMBUL CON SILLA DE RUEDAS

La visión de la Estambul nocturna desde el aire fue un espectáculo. El piloto apagó las luces de la aeronave y en la aproximación la metrópoli parecía un tesoro esparcido en el mar.

VIAJE

La verda es que el viaje no empezó con buen “pie”. En el aeropuerto de Ataturk: a la llegada

1.Los ayudantes  que me trasladaron desde el avión hasta el edifico en el vehículo no tenían ninguna práctica y en una de las transferencias me caí.

2.Una vez en el edificio apareció un hombre de asistencia con una silla de ruedas, que claro, yo no necesitaba. Encaminados hacia el paso de la aduana entré en un aseo adaptado y cuando salí el asistente había desaparecido. La aduana y las maletas las tuvimos que encontrar por nuestra cuenta.

 

HOTEL

Cuando llegamos al Hotellino (más tarde nos enteraríamos de que el dueño se llama Lino) me tranquilicé, había sido un acierto:  funcional y acogedor aunque no tenía habitación adaptada. Lo que sí es que la habitación era muy grande y me podía mover con comodidad. El baño tenía bañera y no había barras de modo que necesitaba ayuda para entrar. De madrugada, alrededor de las cinco oí la llamada a la oración del almúedano, esa primera vez me pareció un sonido hipnotizador. Por la mañana comprobamos in situ la ubicación privilegiada del hotel.

Paseamos por Sultanahmet, la plaza ajardinada que separa los dos monumentos principales de la ciudad: Santa Sofía y la Mezquita Azul. Esta plaza, corazón estambulí, donde estuvo el hipódromo de la ciudad bizantina, conserva algún resto de entonces: el Obelisco egipcio, la Columna Serpentina y la de Constantino.

Para entrar en la Mezquita Azul transferí a otra silla de ruedas

QUÉ VER

Nos adentramos en el conjunto arquitectónico de la Mezquita Azul. Vimos a fieles haciendo abluciones de pies y estábamos en el gran patio cuando se acercó un joven turco, guía de un grupo de españoles, que se ofreció a ayudarnos -le debimos parecer desorientadas-. Habló con el portero, que sacó una especie de rodillo en el que se insertaba un de papel-celo grande con el que cubrir las ruedas de mi silla, pero ¡oh! el rollo estaba vacío y mi silla, claro, debía estar contaminada pues es mi calzado, por lo que sacaron otra a la que tuve que trasferirme. Berk, el guía, se quedó guardando la mía y nosotras pasamos al interior. Y sí, la mezquita es fastuosa, pero yo estaba tan incómoda en una silla de ruedas enorme, pesada y con un  reposapiés roto que no pude gozar de la maravilla.  Decidí que las mezquitas solo las contemplaría por fuera, esos edificios con cúpulas en cascada rematados con esbeltos alminares. Al salir nos acercamos a un khave donde apreciamos  el café turco no sólo con el gusto y el olfato sino también con la vista.

Fuimos a la Cisterna de la Basílica, donde también nos ayudó un autóctono a encontrar el sitio donde estaba la plataforma elevadora que me permitió acceder al subsuelo. Cubrió todas mis expectativas, es impresionante el enorme subterráneo sostenido por multitud de columnas. Construida en el siglo VI, abastecía las necesidades del Gran Palacio bizantino, en la actual Sultanahmet.

Otro día lo dedicamos a los bazares. El de las especias es manejable, es decir, se pasea con comodidad y muy vistoso, claro. El Gran Bazar es una pequeña ciudad de callejuelas llenas de tiendas, pero entre que no sabemos regatear y nos abruma la multitud y el exceso de mercancías, hicimos pocas compras. Cuando salimos llovía, comimos y seguía lloviendo, cada vez con más intensidad, tomamos el tranvía y desde la parada hasta el hotel, muy cerca, nos empapamos totalmente, recordaba la gota fría de nuestro Levante.

Esa tarde fuimos al espectáculo de los derviches de la estación de Sirkeci, pues la ceremonia sufí del monasterio Melevni se celebra solo el último domingo del mes, fecha en la que no estábamos. En todo caso, aunque no sea tan genuina, apreciamos mucho  la música y a los danzantes enfundados en esos grandes faldones con sus giros febriles.

La visita a Santa Sofía, que fue basílica cristiana, mezquita otomana y en la actualidad museo me compensó de no poder entrar en las mezquitas. La iglesia de la Sagrada Sabiduría (Haghia Sofia, Ayasofya) con sus más de 1400 años de historia resume el esplendor de esta ciudad capital de imperios.  Mosaicos y frisos  bizantinos junto a  minbar, alminares,  fuentes y mausoleos musulmanes y hasta cuadros contemporáneos, un conjunto pasmoso de belleza y grandiosidad. Otra   joya   bizantina  es  la iglesia  de San Salvador en  Chora con unos frescos y mosaicos muy bien conservados.  En  estas    fechas solo se    puede  ver   una parte  de la iglesia  pues    el  resto  lo  están   restaurando; también Santa Sofía tenía el exterior con andamios y cubiertas para su mantenimiento y/o rehabilitación. En Estambul las labores de restauración supongo que son incesantes.

Otra mañana de lluvia la pasamos en el barco que recorre el estrecho del Bósforo. Me estoy aficionando a estas excursiones sean marítimas o  fluviales. Aunque no llegamos a la parte alta, solo hasta la fortaleza de Europa, es un agradable paseo en el que vislumbras la otra parte de la ciudad, la situada en el continente asiático. Y  diversos palacios o edificios lujosos, desde Dolmabahçe -donde se trasladaron los sultanes mediado el siglo XIX- hasta varios consulados, algún hotel de lujo, una prestigiosa universidad y villas de descanso.

Un día lo pasamos en el área más europea: la plaza Taksim, la avenida Istikal -similar a todas las  calles peatonales dedicadas al comercio de cualquier ciudad europea- y la torre Gálata. Alcanzarla fue complicado, está en lo alto de una colina con una pendiente muy pronunciada y el pavimento adoquinado. También aquí nos ayudaron y así tuvimos la suerte de charlar un rato con un sefardita, con quien nos comunicamos sin dificultad, él en su castellano del siglo XVI y nosotras con el del XXI. Fue una experiencia muy grata, porque empujó mi silla con ímpetu y por la conversación que mantuvimos. Sin embargo al llegar a la Torre vi que para acceder al interior -donde según mis lecturas había un ascensor-  primero debía superar una veintena de escalones, así que no subimos. Nos quedamos en una terraza contigua degustando té.

Como estábamos el domingo (por cierto, se celebraban elecciones generales por lo que no se servía alcohol según nos informaron) pudimos acercarnos al barrio de Ortakoy, callejear por sus puestos de artesanía, comprar y disfrutar del ambiente y  la algarabía de un día festivo en un mercadillo. También sucumbimos a la sugestiva oferta de cenar en uno de los restaurantes que abarrotan el puente Gálata y desde allí contemplar la fantástica puesta de sol.

Una cosa que sí debemos tener en cuenta es que las calles no están pensadas para moverse con silla de ruedas. Prácticamente no hay rebajes en las aceras, el suelo ser adoquinado y los baños accesibles no son muy comunes en la ciudad.
Todavía queda mucho trabajo por hacer en materia de accesibilidad y formación entre el personal.

Escrito por Ana.
Podéis seguir sus rodadas en su blog

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